Marsella, hacia dentro y hacia fuera.

¿Acaso vivir no es esto?

Peligro, Marsella. Es una ciudad conflictiva.

¿Hay alguna ciudad peligrosa en Europa?

Huele a Mediterráneo, a salitre y a pino. Se humedecen los pantalones largos si andas más de tres minutos. El sol se esconde pasadas las nueve de la noche. Las plazas están inundadas de gente que vive, que bebe. Las playas no cesan.

A las seis de la mañana amanece. Se empeña en acompañarte todo el día. Son treinta días consecutivos con al menos un motivo para volver a intentarlo. Aquí el sol sale cada día. Exageradamente.

¿Cuántos querrían lo mismo?

Entrenar, desayunar, saludar, preparar, ejecutar, esperar, ayudar, valorar, acompañar, registrar, compartir y comer.

La tarde cae, la gente permanece.

Es un viaje constante, un viaje infinito. La libertad que suponen las normas. La felicidad que supone el trabajo. La recompensa que supone el esfuerzo.

Cerveza fría, treinta grados, treinta días. Tambores que suenan, días que pasan.

Las sillas en la que me siento, las señales que sigo, los dedos que muevo, las caras que miro, los árboles que se mueven, las piernas que toco, las sábanas que rozo, los nervios que siento, los sueños que llegan, la vida que pasa.

El mar, el hogar, el Mediterráneo.


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