MEDIR O NO MEDIR, ESA ES LA CUESTIÓN.

Si no se puede medir, no se puede mejorar.

Esta afirmación se puso de moda hace un tiempo cuando la euforia nubló la capacidad de razonamiento de algunos profesionales del deporte. Muchos sports scientists, preparadores físicos, fisioterapeutas y otros tantos hombres y mujeres del planeta defendían y defienden semejante barbaridad.

Barbaridad, evidentemente, bajo mi punto de vista. Quizás esté equivocado, aunque a continuación defenderé con argumentos basados en experiencias mi postura acerca de ello.

En primer lugar, no es necesario saber el porcentaje de mejora de algo para saber que lo está haciendo. En la naturaleza hay infinidad de características que no somos capaces de medir los humanos y, sin embargo, sí podemos percibir cambios en ellas. Por ejemplo, las sensaciones subjetivas o emociones: tristeza, hartazgo, simpatía, alegría, euforia, ira, agradecimiento y un largo etcétera. De hecho, el lema del bando opuesto a la afirmación inicial es: lo mejor de la vida no se puede medir, el amor.

En segundo lugar, y ya en un terreno más práctico y menos filosófico, los fanáticos de la medida y los datos comúnmente afirman que se deben obtener datos de rendimiento objetivos para poder afirmar que, en efecto, se produce una progresión o regresión de lo que se pretende mejorar y, por tanto, medir. Test, intervención, re-test.

Mejor? Perfecto. Sin mejora? A la hoguera.

Bromas a parte, la vida no es blanca o negra. Son matices. 

Si bien es cierto que se deben obtener datos y medir una serie de características en nuestros deportistas. No se puede pretender que todo sea medible ni afirmar que si algo no se puede medir no se puede mejorar. 

¿Y por qué? Pues porque la vida, el movimiento, la salud y el deporte no son matemáticas, o al menos no son las matemáticas que imaginan muchos.

Dos consideraciones importantes al respecto:

  1. ¿Qué medimos? Las mediciones realizadas en un determinado espacio y tiempo pueden ser objetivos en ese mismo momento y ser diferentes en otro tiempo y/o contexto, aun siendo realizadas al mismo individuo.
  2. ¿Para qué medimos? Es importante tener claro para qué vamos a utilizar esos valores obtenidos. ¿Nos ayudan a tomar decisiones?

Pero vamos a lo más importante, en una visión reduccionista donde el ser humano se descompone en suborganismos independientes; medir, medir y volver a medir tiene sentido porque las matemáticas ahí sí que funcionan. Creen que los humanos somos máquinas. Es curioso porque la realidad nos muestra cada día que uno más uno no siempre es igual a dos.

El PSG lleva una década, quizás más, gastando millones y millones de euros; juntó a Messi, Neymar y Mbappé para ganar una Champions que todavía a día de hoy no luce en sus vitrinas.

El Barça más arruinado que se ha conocido es, paradójicamente, el que más ilusión suscita entre sus fieles.

No voy a enumerar la cantidad de ejemplos que hay al respecto, pero es una manera de ejemplificar que las películas que nos montamos en nuestra cabeza, si bien son necesarias para actuar, muchas veces solo son eso: películas.

A día de hoy existen medidas de salto, fuerza, velocidad, etc., pero no se conocen medidas sobre la capacidad integral de un jugador para valorar, lo más importante: si es o no bueno. ¿Cuánto de bueno es? Alguien me podría decir cuán bueno es X o Y jugador de manera global y objetiva? No, simplemente no se puede. Pretendemos medir la especificidad cuando las personas se manifiestan y expresan globalmente. Sin embargo, sí que podemos afirmar que X jugador es bueno o es mejor que Y. Lo sabemos, lo apreciamos, pero no lo podemos cuantificar.

En salud igual, existen valoraciones que ayudan a determinar y medir el grado de una lesión, para de esa manera pasar a la acción; pero si nos preguntamos y pretendemos medir las lesiones de manera integral nos chocamos contra un muro de cemento armado. 

¿El jugador lesionado de los isquiotibiales con una lesión de grado 2a está bien, pero ¿cómo está afectado de manera integral? Ni idea. No se puede. Ni se podrá jamás. Cuanto antes lo aceptemos, mejor.

No sabremos identificar ni medir lo que supone para ese jugador esa lesión de isquiotibiales; sin embargo, sabemos que en efecto existe una lesión. En cambio, sabremos decir que está lesionado y sabremos decir cuándo deja de estarlo.

Cuando lo veamos empezar a entrenar con el grupo, con los ojos, sabremos decir: todavía le falta un poco para llegar al nivel de forma antes de la lesión y, sobre todo, sabremos decir: míralo, vuelve a ser el de antes. Todo con los ojos y con la interpretación subjetiva de nuestro cerebro.

En la mayoría de estos casos, el intento de análisis objetivo mediante los datos nos llevarían a la confusión y a la discusión entre observadores, sin embargo, la percepción nos lleva frecuentemente al consenso.

El fútbol y el movimiento son relaciones y expresiones humanas dinámicas, no valores estancos.

Digo yo, ¿no?


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