Day off!
En la vorágine del fútbol profesional no hay mucho tiempo para el descanso; los días se devoran, las semanas vuelan.
El «day off» llega como agua en el desierto, muy de vez en cuando; por eso, aprovecharlo es importante. Esta vez el día libre llega con doble ración de agua.
Ni la lluvia me detuvo hoy. Quería salir a pasear y a pasear salí bajo una fina pero persistente lluvia a las tres de la tarde, después de la correspondiente siesta.
Para darle algo más de intriga a mi caminata, decidí conectar el modo « flâneur ».
Pero, ¿qué es eso?
Le flâneur demeure une figure significative dans les discussions sur l’expérience urbaine, la littérature et la philosophie. Alors que les villes continuent d’évoluer, le rôle du flâneur en tant qu’observateur et commentateur sur les dynamiques sociales conserve sa pertinence, invitant les publics contemporains à revisiter les plaisirs et les complexités de l’exploration.
En este caso, la experiencia fue más natural que urbana; decidí emprender mi caminata reflexiva bajo la lluvia hacia el puerto viejo de Saint Cyr y, desde allí, dejarme llevar por la intuición y la curiosidad.
Cuando detectan que no cesa, algunas familias se ponen a cubierto como pueden, otros vuelven a sus casas bajo paraguas y los más escasos, exploradores como yo, caminan dejando caer las ligeras gotas sobre sus cuerpos empapados.
De pronto, aparecen unos niños que suben corriendo por unas escaleras; los veo tan contentos que yo también quiero hacer como ellos y me predispongo a bajar por las mismas.
Después de casi caer debido a un resbalón, me presento en una cala que desconocía.

Tras caminar sobre una pasarela de madera que me llevó al « Vieux Port », seguí hacia arriba por una carretera que algunos ciclistas siguen para llegar a un pequeño puerto de montaña.
Pronto encontré un panel que anunciaba un par de rutas por senderos naturales; la más corta, « Sentier des Vignes », fue mi elección.
Andar cuando llueve es garantía de tranquilidad y silencio, perfecto para pensar y desconectar. Acabas empapado y algo sucio por fuera, pero limpio por dentro.
Nada más emprender el sendero, comprendo su apellido; viñedos floreciendo en primavera aparecen a la izquierda de mis pasos.

La lluvia no cesa, pero mi voluntad por continuar tampoco. De repente, a mi derecha escucho un sonido fuerte de motor y comprendo que la carretera no queda lejos. No me alejo demasiado de la civilización; si me pasa algo, el rescate es sencillo.
Aproximadamente unos 500 m más adelante, el camino se abre y aparecen más viñedos. Una flecha me hace girar a la izquierda, el campo visual se expande y veo que el sendero vuelve a girar de nuevo hacia el mismo lado e imagino que la ruta que sigo es circular, por lo que me llevará, si mi sentido de la orientación no falla, al punto de salida.
Eso quiero imaginar porque no para de llover. De repente, me siento solo pero satisfecho ante la magnitud del paisaje. La exploración está siendo de lo más productiva.
Viñedos, flores, arena fina y, de repente, a mi izquierda una duna con el mar de fondo.

Llevo gorra y, supuestamente, chubasquero. Estoy chorreando, pero la estampa me impide sentirlo. Aquí volveré. Esto no me lo esperaba. Una grata sorpresa detrás de mi apartamento.
Llevo casi 4 km y sin dejar de llover. Se abren varias opciones de ruta y no tengo claro cuál elegir; saco el teléfono y me ubico.
Izquierda otra vez y estoy muy cerca de casa. Tan cerca que podría considerar todo lo anterior como mi jardín.
Cuando ya entro en terreno explorado anteriormente, me repito a mí mismo que es una suerte lo experimentado y que ejercer de flâneur de vez en cuando es necesario.
Salir sin saber a dónde dirigirse, salir sin rumbo, sin plan, sin mapa. Solo con el objetivo de caminar, observar, sentir y vivir.
Cuando el mar y la montaña se unen nada puede salir mal. Es apuesta segura.
Flâneur dans la méditerranée.

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